Después que el sexo, tierno, adolescente descorra el telón, ahí está, firme, resuelto el viejo dolor. La vieja herida. El lacrimógeno sabor del opio que me invade ahora. Esperando el momento de saltar.
Y es un crimen, es un crimen este dolor, dulzón, nacarado, adictivo que se cuela en mí. Sin excusas, ni medias tintas. Me consume. Se retuerce en mis venas, penetra en cada poro, átomo, de mi misma esencia. Del reducto donde habita esta calma, amorfa. Y amortiguado por el sonido de mis propios pasos, de mis errores y sangra por el costado.
Regreso a este dolor, que tiene tu nombre y un pétalo de blancuzca ternura.
Al volver del trabajo (yo no curro, TRABAJO, que aún hay clases), cambió mi sesión de fogones por un ratito de red. Navego por las páginas habituales y parece que agosto se ha adelantado. Pocas noticas y las que se asoman a las ediciones digitales de mis periódicos favoritos (en realidad ojeo muchos para ver cuanta razón lleva el único que leo) son simples noticias de tres al cuarto. ¿Por qué en verano no hay asesinos en serie? Por no haber no hay ni un miserable terremoto que se lleve a unos cuantos en la otra parte del mundo. ¿Así como voy a rellenar mi cupo de solidaridad este año? No hablemos ya de los banqueros que en plena crisis saltan desde sus apartamentos con vistas a Central Park o las playas del Mediterraneo, (que por especular es lo mismo), desaparecidos, que la crisis también está en bermudas y chanclas. ¡Si incluso los politicos corruptos de van de vacaciones! ¿Dónde vamos a parar con un panorama mediatico tan pobretón? Me doy una vuelta por los blogs que suelo visitar sólo para observar que las noticias brillan por su ausencia. Pues nada, a mí también me toca rellenar con paja que el fin de semana ha sido discreto y el lunes se empeña en no querer hacerme desperezar. Menos mal que pasado-pasado-mañana ya es jueves y el viernes me piro otra vez al mar....
Nietos de caciques meando junto a los contenedores, aprendices de puta que se venden por un chupito, boleros que se hacen reales y que dejan con ganas de más, chicas con escote, chicos con corbata, bares llenos por la falta de amor, una niña llama desde un portal, una teoría y una copa de Barcelo con cola, una boca en el asiento del coche, una luna que es apenas una rodaja de limón en un vaso de ganas de olvidar y tú... Gracias, little Susie...
A veces, aun hoy al pasar por esa carretera, pienso en ti. Y añoro aquel verano cuajado de lunas y la sensación de pertenecer a algún sitio concreto. Alguien se me adelantó y escribió la canción que siempre te debí y he de confesar, que cuando salta en el CD del coche, las compuertas con que cerré tu ausencia se resquebrajan y te echo de menos.
Que raro es esperar por verte después de tantos años, los diez o quince minutos de rigor (la puntualidad sigue sin ser una de tus virtudes). Me pierdo en la vista del paseo, las chicas suben de la playa con bolsas de tela y los chicos, sin camiseta, como gallos de corral se pelean de broma. Y te adivino entre un millón, como siempre dije que haría. A pesar de los años sigues siendo la chica más guapa que nunca he visto. Un beso en los labios, sin ninguna intención que me pilla por sorpresa y comenzamos a trenzar tópicos porque es lo que toca. Estás-estupenda, tú-también-estás-muy-guapo, te-has-hecho-algo-en-el-pelo, tú-aún-no-eres-calvo-y-la-barba-te-hace-mayor...
Un té con leche y una coca-cola light, por favor...
Sentados en la terraza, sonreímos con los ojos y hablamos de ponernos al día pero, no es necesario. Entre tú y yo, incluso el abismo infinito que abrimos un día, se cruza cerrando los ojos y confiando en lo que siempre fuimos. Te partes de risa cuando confieso que por fin una chica me dio una paliza y me dijo que no... por uno de 23, tía. ¿Te lo puedes creer? Si hubieran sido centímetros, lo hubiera entendido...A ti tampoco te ha ido nada mal y sigues coleccionando suspiros en cajas de papel. Y hablamos de cenar aunque no estaba en los planes.
Después, junto a ese mar que ya es más tuyo que mío, caminamos mientras las olas lamen nuestros pies descalzos y te abrazas a mí....siempre me gustó tocarte.
En la terraza de tu apartamento (que sí, que se ve el mar. Pero tienes que asomarte un poco y mirar entre los tejados) incluso me animo a darle un par de caladas a un canuto de hierba y acabamos fumandonos la luna que ya está menguando escuchando a Charlie Parker. Y que pena que no lo intentaramos, con lo bien que nos llevamos y hay que ver con los años que han pasado y me sigues gustando... nadie me besó como tú aunque alguna se acercó... y nos vamos a la cama, que total después de tanto tiempo algo habremos aprendido los dos...
Y mientras el ventilador da vueltas en el techo y el calor del mediterraneo se alía para que sudemos los errores que cometimos, dibujo un te quiero en tus muslos camino de tu sexo, con la esperanza de que se haya borrado mañana cuando despertemos...
Entre los indios Lakotas, existía una prueba que todo muchacho debía cumplir al llegar a cierta edad; La caza de la Flor del Roble Blanco. Dicha prueba marcaba el paso de la niñez al mundo adulto y consistía en internarse en los bosques sin agua ni alimento y regresar con tan rara flor con el objeto de entregarla a su padre, quien debía interpretar aquella señal como la prueba inequivoca de que su hijo había cruzado el umbral de la infancia y podía ser llamado hombre como tal. Ni que decir tiene que aquella prueba, a la que concurrían todos los chicos de cierta de edad del poblado tenía en realidad otras connotaciones menos espirituales y más de orden práctico. El verdadero objeto de la misma era que el aún niño lograra enfrentarse al mundo por sus propios medios y tomar conciencia de su verdadera naturaleza. Incluso, los ancianos no podían por menos que mostrar una sonrisa al ser interrogados sobre la existencia de aquella extraña flor y de un árbol, aún más extraño del color de las nubes. Pero todo aquello se mantenía alejado de los muchachos, quienes en realidad entendían como fin último de aquella prueba el traer consigo aquel raro especimen de flor que nadie había logrado ver jamás y ni de lejos sospechaban del verdadero carácter pedagógico de la misma, alimentado por otra parte, por la totalidad de la tribu. En otras palabras, todo cuanto de esperaba de los jóvenes es que tras deambular por el bosque durante tres o cuatro días, regresaran con las manos vacías y habiendo aprendido la lección de que perseguir una quimera podría tener fatales consecuencias para ellos. Pero aquello poco tenía que ver con Corriente de Agua. Corriente de Agua, hijo del gran jefe Cuervo Aullador y Luna Pálida era y siempre había sido un muchacho tan sensible y encerrado en su propio mundo interior como débil y frágil en su exterior. Dotado de una sensibilidad que le hacía diferente al resto y con una naturaleza enfermiza, La Caza de la Flor del Roble Blanco representaba para él el medio idóneo para presentarse al mundo como un verdadero hombre y digno sucesor de su insigne padre, a la vez que dejaba atrás las dudas que su condición débil representaba para la tribu. Aquello preocupaba sobremanera a Luna Pálida, su madre, quien incluso había llegado a sugerir a su marido que excluyera de la prueba a su primogénito, sabedora de que el muchacho podría llegar a poner su vida en peligro para conseguir un fin que ella sabía utópico e irrealizable. El gran jefe hizo oídos sordos al consejo de su esposa y alegó que dejar fuera de ello a su propio hijo podría ser interpretado como un signo de debilidad y más aún ser tenido como un privilegio. En cualquier caso, de nada habría servido tales precauciones ya que el joven llevaba más de 7 lunas preparándose para aquella tarea y hubiese sido inútil tratar de persuadirlo. Corriente de Agua saldría a la búsqueda de la irreal flor como el resto de muchachos a la mañana siguiente. Tal y como estaba previsto, con la salida del sol, los jóvenes, 12 en total, fue internándose en los bosques a intervalos que el canto de una garza fue marcando y con la sola ayuda de sus manos. La tribu permaneció expectante y se hicieron apuestas acerca de quien sería el muchacho que antes regresara. La mañana del tercer día, los dos primeros niños fueron regresando tan frustrados como cabía esperar. Al atardecer, otros cuatro habían vuelto con el mismo gesto y para cuando salió el sol del que hacía el cuarto día, 11 de ellos ya habían regresado. Todos a excepción de Corriente de Agua. A los seis días, tiempo que la tribu consideró suficiente para dejar que el pequeño logrará su imposible sueño, un grupo de guerreros comenzó a buscar al joven. Durante casi una luna, la búsqueda del pequeño Corriente de Agua se convirtió en la prioridad de la tribu. Pero todos los esfuerzos fueron en vano. El rastro que los expertos cazadores habían conseguido seguir se perdía bien pronto. No hubo sendero que no hubiese sido registrado ni colina que no fuera revisada por los escrupulosos ojos de los duchos cazadores. Pero del muchacho, nada se supo jamás. El tiempo transcurrió y los padres de Corriente de Agua dieron por perdido al joven. Para evitar futuros accidentes, el consejo de ancianos decidió que La Caza de la Flor de Roble Blanco se suspendería de por vida y nadie volvió a hablar acerca de ello. Las estaciones pasaron y llegaron las nieves, y tras ellas, como cada año, la primavera regreso y las montañas de deshelaron. Cuando los pasos se hubieron liberado de su carga invernal, los cazadores volvieron a sus antiguos territorios de caza. Cierto día, un grupo de cazadores encontró un enorme bloque de hielo flotando en el río y en su interior, aprisionado como una abeja en un pedazo de resina, lo que parecía la figura de un muchacho. Bien pronto uno de ellos identificó al ser dentro de aquel carámbano gigante como al hijo del gran jefe. El bloque de hielo fue llevado hasta el poblado y allí se colocó junto a la hoguera. Cuando el hielo se derritió por completo, el cuerpo de Corriente de Agua cayó al suelo y su madre corrió a cogerlo en brazos. Entre los dedos del muchacho, asida con una fuerza tal que no hubo manera de retirarla, una hermosa y rara flor permanecía sujeta.